Soberanía de los estados y el derecho internacional: una visión desde Cuba

Intervención del Presidente de Casa de las Américas, Abel Prieto, presentada de forma virtual en el coloquio “Soberanía de los Estados y Derecho Internacional”, el 10 de octubre de 2020.

Quiero saludar con mucho afecto a las organizaciones que han estado trabajando para llevar adelante este evento, a las Asociaciones Suiza-Cuba y Alba-Suiza y a los demás integrantes del movimiento de solidaridad con Cuba en ese país. Un fuerte abrazo para todos.

Quisiera empezar recordando en un evento como este, que como sabemos todos, la Organización de las Naciones Unidas está cumpliendo 75 años, que digamos es uno de los temas centrales de los que se va a tratar en el encuentro. Fue creada bajo los efectos traumáticos de las dos guerras mundiales, del Holocausto del fascismo, de todo aquel horror y precisamente pretendió en sus principios fundacionales lograr, por todos los medios, que una tragedia semejante no volviera a ocurrir. Cuando uno lee la Carta de fundación de las Naciones Unidas ve que se propone trabajar por construir un universo pacífico, seguro, cimentado en el respeto mutuo y en el multilateralismo, en el principio de la igualdad soberana de todos los países miembros. Tanto los estados grandes y poderosos, como los estados pequeños y débiles, digamos tenían igualdad de condiciones para intervenir, participar en la nueva organización.

Entre los propósitos básicos de Naciones Unidas, estaban, como todos recordamos, mantener la paz, mantener la seguridad internacional, rechazar el uso de la fuerza, de la amenaza como mecanismo de presión, lograr el arreglo pacífico de las controversias; fomentar entre las naciones relaciones de amistad basadas en el respeto a la libre determinación de los pueblos, promover la cooperación en la solución de los distintos problemas internacionales y defender los derechos humanos y defender las libertades fundamentales.

Era realmente algo que cuando uno lo lee así, se da cuenta que es una utopía, hermosa, noble y a la luz de lo que ha ocurrido en los últimos años, en este 75 cumpleaños la Organización de las Naciones Unidas, esos pilares sobre los que se fundó han sido traicionados una y otra vez.

La principal potencia hegemónica, los Estados Unidos de Norteamérica se ha encargado de socavar las bases del multilateralismo de manera flagrante, de manera soberbia. Ha desconocido todos noción de multilateralismo. Ha empleado y emplea, como sabemos todos, reiteradamente, la amenaza, la intimidación, el chantaje, sanciones unilaterales. La conducta de su gobierno, sobretodo de esta administración Trump, descarta toda idea que pueda asociarse al respeto, a la soberanía y a la cooperación. Sus voceros esgrimen un tipo de palabrería que parece sacado de una película del Oeste. Sus personajes que llegan a la taberna, piden un whisky, sacan la pistola. ¿Te das cuenta? Ese es el estilo lamentable que caracteriza a los voceros de ese imperio en decadencia.

Ahí está, y esto es muy importante, el lenguaje del fascismo. El lenguaje del fascismo botó su carga de odio, su carga de intolerancia, su mesianismo, su soberbia mesiánica, su racismo. Todo ese lenguaje del que vimos en boca de Mussolini, de Hitler, de los grandes iconos del fascismo durante la Segunda Guerra Mundial y en los años previos, está hoy presente, de un modo u otro, en el discurso de los voceros de este imperio yanqui.

El fascismo no sólo está en la cúpula gobernante de los Estados Unidos, sabemos todos, los saben ustedes que están al tanto, muy al tanto, mucho más que yo, de lo que está pasando en Europa. Está extendiéndose por todas las regiones del mundo.

Hay que sumar la carrera armamentista. Era algo que aquellas Naciones Unidas soñada de hace 75 años, pensaban frenar. Al contrario, se ha acelerado la carrera armamentista, inspirada precisamente en la filosofía esta belígeramente del gobierno de los Estados Unidos que es responsable, este dato lo traigo aquí y quiero remarcarlo, del 38% del gasto militar global.

Esa superpotencia que está barriendo con todos los principios fundacionales de Naciones Unidas. Esa superpotencia ha abandonado, eso se sabe también, trascendentes acuerdos de desarme y control de armas. También se separó de la UNESCO, que no es un dato menor, y renunció de este modo a todos los esfuerzos colectivos en el campo de la educación, de la ciencia, de la cultura, para defender determinados valores esenciales de la humanidad, en medio de un mundo verdaderamente envilecido, un mundo degradado desde todos los puntos de vista.

Washington se retiró, además, del Acuerdo de París sobre el cambio climático. Algo escandaloso siendo ese país uno de los principales contaminadores, uno de los principales depredadores del medio ambiente. Sabemos que es un tratado insuficiente, sabemos que no resuelve todos los problemas verdaderamente de urgencia, que habría que solucionar para frenar el deterioro del medio ambiente. Sin embargo, es un paso significativo, es un avance significativo en una batalla que, como dijo Fidel, algo que todos recordamos en 1992 en la Cumbre de Río de Janeiro, si esa batalla se pierde, la especie humana está en peligro de extinción.

Ahora, más recientemente, en medio de la pandemia del nuevo coronavirus, la administración Trump, en lugar de apoyar a la Organización Mundial de la Salud, lo que hizo fue atacar duramente a sus directivos y separarse. El país cortó su relación, sus vínculos con la Organización Mundial de la Salud. Es otro síntoma de cómo actúa este verdadero enemigo de la humanidad. No sólo enemigo de Cuba, no sólo enemigo de Venezuela, no sólo enemigo de los países a los que tiene, digamos, colocados en la lista del Eje del mal, es enemigo de la humanidad, enemigo del planeta, enemigo del mundo.

Nuestro ministro de Relaciones Exteriores, Bruno Rodríguez, dijo con mucha razón que parecería que ese gobierno, el gobierno estadounidense, “está en guerra con el planeta, sus recursos vitales y sus habitantes”. Parecería efectivamente que es así.

Por supuesto, los Estados Unidos sólo son la cabeza visible de todo un sistema fracasado: el neoliberalismo. Sus secuelas, las conocemos, nos han dejado un paisaje verdaderamente dantesco, sobre todo en los países y los sectores más pobres de los habitantes de este planeta. Desigualdad y penuria extrema, desempleo, exclusión, falta de acceso a los servicios básicos, una migración incontrolada hacia el norte. Como todos sabemos, sea por hambre o por conflictos armados, por distintas razones.

El crecimiento de las tendencias fascistas también es un resultado de la crisis del neoliberalismo. Y Fidel, lo recuerdo, lo había profetizado en Madrid cuando la Cumbre Iberoamericana de 1992. En aquel momento de euforia neoliberal, se había derrumbado el muro de Berlín, se había derrumbado el bloque soviético. De pronto el mercado como sinónimo de libertad, iba a reinar en este mundo, y Fidel dijo: este mundo donde, va a reinar el mercado, se va a hacer un mundo ingobernable. Y lo estamos viendo, es efectivamente así.

Nuestro presidente Díaz-Canel, que habló también hace poco ante la Asamblea General de la Organización de las Naciones Unidas, dijo y voy a citar: 

“Algo muy especial y profundo ha fallado, cuando se asiste de modo cotidiano y permanente a la violación de los principios de la Carta de la Organización de las Naciones Unidas, y cuando es cada vez más frecuente el uso o amenaza del uso de la fuerza en las relaciones internacionales. No hay modo de sostener por más tiempo, como algo natural e inamovible, un orden internacional desigual, injusto y antidemocrático, que antepone el egoísmo a la solidaridad y los intereses mezquinos de una minoría poderosa a las legítimas aspiraciones de millones de personas – y añadió Díaz-Canel. Hoy somos dolorosos testigos del desastre al que ha conducido al mundo el sistema irracional e insostenible de producción y consumo del capitalismo, décadas de un injusto orden internacional y de aplicación de un crudo y desenfrenado neoliberalismo, que ha agravado las desigualdades y sacrificado el derecho al desarrollo de los pueblos.” Termina la cita.

Cuba, como bien saben ustedes que tanto nos ayudan, que tanto hacen por promover la solidaridad hacia nuestro país, escogió otro camino muy distinto al de la funesta doctrina neoliberal. En el año 1959 tuvo Cuba, dejó de ser una colonia yanqui, se empeñó en construir una sociedad libre, una sociedad soberana que ha tenido desde entonces como centro las necesidades y los derechos de la gente, del ser humano. Desobedeció las leyes de la geopolítica que la condenaban a subordinarse al imperio y ha tenido que pagar un altísimo precio por esta decisión.

En este propio discurso Díaz-Canel habló del recrudecimiento despiadado del bloqueo de los Estados Unidos con la administración Trump. Y cito nuevamente:

“La agresividad del bloqueo ha escalado a un nivel cualitativamente nuevo, que refuerza su condición de impedimento real y determinante para el manejo de la economía y el desarrollo de nuestro país. (…) // No pasa una semana sin que ese gobierno emita declaraciones contra Cuba o imponga nuevas restricciones.” Termina la cita.

Y es así. No pasa una semana sin que aparezcan nuevas amenazas, y no sólo amenaza nuevas restricciones.

El bloqueo económico, comercial y financiero fue formalmente proclamado contra Cuba por el presidente Kennedy el 3 de febrero de 1962. Los daños provocados por esa política durante casi seis décadas se estiman en más de 900 mil millones de dólares. Imagínense lo que eso significa para una isla pequeña, sin recursos naturales. Para una isla que empezó a luchar por su desarrollo en el año 1959, desde las peores condiciones, con las mayores desventajas, lo que representan 900 mil millones de dólares en casi 60 años.

Sólo en el año 2019, Trump aplicó 82 nuevas medidas con el objetivo de aislar y asfixiar a Cuba.

Para garantizar la efectividad de ese bloqueo, Washington presiona y limita el accionar de la banca internacional, interfiere el otorgamiento de créditos y todo tipo de operaciones con Cuba. Presiona a los proveedores de productos esenciales, incluido instrumental médico, incluido medicamento, incluido productos alimenticios. Amenaza y castiga a los socios comerciales de Cuba. Sanciona a las navieras que tocan puerto cubano. Persigue a los que transportan combustible. Prohíbe los vuelos comerciales. Impide la llegada de turistas y de cruceros. Restringe las visitas y los intercambios culturales, académico y profesional. Limita la posibilidad de recibir remesas, entre otras muchas medidas que afectan sensiblemente a toda la población cubana.

La Convención para la prevención y la sanción del delito de genocidio de Ginebra de 1948 y el Estatuto de Roma de la Corte Penal Internacional definen como genocidio el sometimiento intencional de un grupo nacional, étnico, racial o religioso a condiciones de existencia que hayan de acarrear su destrucción física, total o parcial. El propio Estatuto de Roma describe el crimen de lesa humanidad como los actos que causan intencionalmente grandes sufrimientos o atentan gravemente contra la integridad física o la salud mental o física de las personas, cuando estos se cometen como parte de un ataque generalizado o sistemático contra una población civil. . Eso es lo que han hecho los Estados Unidos contra nosotros.

El ilegal e inmoral bloqueo de los Estados Unidos contra Cuba califica como genocidio y califica como delito de lesa humanidad.

Para colmo, eso lo sabemos todos también, ese gobierno se burla impúdicamente del voto mayoritario de la Asamblea General de Naciones Unidas contra ese cerco cruel, que se ha manifestado con ese voto mayoritario durante 27 ocasiones consecutivas desde 1992. Pero eso no causa ningún efecto en los que diseñan y ejecutan esas políticas.

El burdo pretexto empleado para justificar la hostilidad de Estados Unidos contra la isla tiene que ver, como bien saben todos ustedes, con el tema tan reiteradamente manipulado de los derechos humanos. El principal violador de estos derechos, el país que legalizó la tortura, el país que ha emprendido guerras de conquista de consecuencias atroces, que ha financiado escuadrones de la muerte, ejecuciones extrajudiciales, golpes de Estado, conjuras perversas como la tenebrosa Operación Cóndor, un país que propicia cotidianamente masacres irracionales en su propio territorio y que su policía racista asesina impunemente a ciudadanos desarmados; se auto se autoproclama, campeón y juez en esta materia.

Cuba garantiza a todos sus ciudadanos, sin excepción, el derecho a la vida, a la salud, a la educación, al empleo, a la participación real y no formal en la gestión política. Tenemos una reciente Constitución, ustedes tienen que haber tenido noticia de cómo se debatió por toda la población, cómo se enriqueció el texto, el borrador inicial, cómo fue de nuevo sometido a debate y fue aprobada por aplastante mayoría. Ahí están todos los derechos ciudadanos de los cubanos con he expresado con cuidado y rigor ejemplares.

Por otra parte, este recrudecimiento del bloqueo se produce en medio de la pandemia del nuevo coronavirus. El sólido sistema de salud nuestro, el potencial científico de Cuba, han logrado, a pesar de ese bloqueo y de las secuelas económicas de la pandemia, frenar en su territorio la propagación del virus y ayudar en esa complejísima y arriesgada tarea a 39 países y territorios en el mundo.

Mientras Trump ve crecer la cifra de contagios y de muertos entre mentiras, contradicciones, dando palos de ciego, desmintiendo a los científicos, recomendando que se inyecten legía a la gente, tratando de cargar sobre otros la culpa de su responsabilidad y de su negligencia.

Cuba da un indudable ejemplo moral, que enloquece a la cúpula de poder de la superpotencia que nos cerca y nos agrede. Por eso apelan a la calumnia. Resulta grotesco que altos funcionarios del gobierno estadounidense y la maquinaria mediática a su servicio y algunos gobiernos lacayos pretendan empañar con injurias y mentiras la labor de nuestros profesionales de la salud. Atacan precisamente a representantes de los principios de cooperación y colaboración, que son los únicos principios, repito, que permitirán a la humanidad vencer la tragedia que enfrenta en la actualidad.

Washington llegó al extremo de imponer de manera humillante a la Organización Panamericana de la Salud, sin ningún mandato de los Estados miembros. Una evaluación del propio papel de la organización en el programa “Más médicos” de Brasil, que fue un programa convenido por el Gobierno del Partido los Trabajadores, el gobierno cubano y la Organización Panamericana de la Salud. Y Trump humilló a esa organización imponiéndoles especie de auto auditoría vergonzosa. Y ese programa “Más médico”, benefició a una masa a la población brasileña que por lo general no tiene servicios de salud pública. Es decir, con la actitud de Bolsonaro de boicotear ese programa, de cancelar ese programa, de agredir verbalmente a nuestro médico, mucha gente en Brasil se quedó sin ese respaldo para su salud y para su vida.

Pero Washington ha hecho más, ha hecho mucho más. Se ha dirigido directamente a gobiernos de nuestra América para presionarlos y que no establezcan convenios de cooperación, de cooperación en el campo de la salud con Cuba. Lo has chantajeado vulgarmente. Todo esto tiene, todo esto tiene un matiz y una imagen de vulgaridad.  Aquí no hay ninguna diplomacia de guantes de seda. Aquí todo es brutal y bárbaro.

Washington ha creado también, otra noticia reciente, un fondo de tres millones de dólares para todo aquel que haga una denuncia contra la cooperación médica cubana, que pueda ser utilizada para, vamos a decir. para alimentar la campaña de calumnia. Y fue realmente muy estimulante que, a pesar de todo ese teatro espantoso, Cuba fuera elegida para el Ejecutivo de la Organización Panamericana de la Salud. Es decir que prestigio de Cuba se impone por encima a toda esa ese torrente de infamias.

El sistema de Naciones Unidas debe ser rescatado. Tienen que imponerse las relaciones civilizadas entre los Estados como único modo de garantizar la supervivencia de la especie humana en el planeta.

Al propio tiempo, hay que atender de una vez al viejo reclamo de proceder a la democratización real y efectiva de la Organización de las Naciones Unidas. Esto era una obsesión de Fidel. Fidel insistía, insistió muchas veces en que las Naciones Unidas requerían una democratización para realmente representar los intereses de la humanidad.

El fascismo actual tiene armas nucleares, emplea ejércitos convencionales y emplea empresas privadas de mercenarios. Cuenta, además, con una máquina de manipulación de la conducta de eficacia excepcional, que ha encontrado herramientas más perversas, más sofisticadas en las redes sociales y en el empleo inmoral de los datos personales de los ciudadanos. Influyen hoy en los procesos electorales mediante la clasificación de perfiles de votantes potenciales y el envío intencionado y diferenciado de mensajes que satanizan a determinados líderes con calumnias de toda índole, repetida hasta el delirio, y ensalzan como enviados divinos a otros candidatos. Crea un clima altamente polarizado donde florecen la falsa noticia y los mensajes de odio y se hace imposible el debate de ideas civilizado.

Estas formas de manipulación tan sutil, tan sofisticadas, atentan hoy contra las bases mismas del ejercicio de la democracia.

Ante el resurgimiento del fascismo tienen que unirse todas las personas honestas del mundo, independientemente de su filiación política específica, aquellas que no aceptan el genocidio cotidiano, que no aceptan la injusticia como algo normal e inevitable. Aquellas que se nieguen a vivir en una cápsula de egoísmo y a cerrar los ojos ante el desamparo de las mayorías, aquellas que saben que nadie es inferior a otro por el color de su piel o por sus preferencias sexuales, o por sus creencias religiosas, o por ninguna otra razón. Aquellas que aman la paz y rechazan la guerra, la imposición de la ley del más fuerte y la carrera suicida hacia el desastre climático.

El hecho es que en todas las regiones del planeta hay núcleos de resistencia antimperialistas, antineoliberales, antifascistas, formados por obreras, obreros, estudiantes, profesores, maestros, activistas e impulsores de proyectos comunitarios. Pero están dispersos. Les falta la articulación imprescindible para intercambiar ideas y consensuar acciones. En estas circunstancias, debemos hacer lo imposible por conocernos, por intercambiar, por articularnos. Hay que detener el fascismo.

Paradójicamente, la pandemia nos ha venido dejando lecciones amarguísimas y al propio tiempo esperanzadoras. Su más importante lección podría resumirse con la idea, muy clara, de que el virus ha revelado las esencias del modelo neoliberal.

La industria hegemónica, informativa y cultural ha trabajado siempre para hacernos creer que este sistema es la única forma natural e imaginable de organizar la vida económica y social del planeta. Nos ha repetido día a día cotidianamente que vivimos en el mejor de los mundos posibles y ha tenido tanto éxito, que hasta las víctimas del sistema se culpan a sí mismas de sus desventuras y no son capaces de impugnar.

El nuevo coronavirus lo ha desnudado, ha abierto grietas muy hondas en ese espejismo cultural. Provocó además un verdadero estallido el campo del pensamiento social. Hemos visto como pocas veces antes una avalancha de cuestionamiento muy serios y muy bien pensados sobre las causas de esta situación tan siniestra, sobre sus consecuencias y sobre el futuro postpandemia.

Para el politólogo argentino Atilio Borón, hay que pensar en un porvenir con “más Estado y menos mercado”, rechazar tajantemente la privatización de la salud pública y de los principales servicios sociales y retomar el pensamiento de Fidel, de nuestro Fidel, para encontrar respuestas.

Este ha sido un hábito de los cubanos, y no solo de los cubanos, a lo largo de todos estos años tan duros: volver una y otra vez al reservorio de lucidez, entereza y moral de Fidel.

Otro argentino, el periodista Carlos Aznárez, afirma:

“…cuando las dificultades nos perturben, cuando creamos que nos estamos quedando sin fuerzas, cuando a veces nos falten respuestas, (…) en esos momentos de oscuridad y desazón, – estoy citando, por supuesto, a Aznárez –  volvamos a Fidel, a sus ideas, a su ética, a su audacia, a su coraje, a su lógica revolucionaria y empinémonos nuevamente en la maravillosa aventura de querer tomar los cielos por asalto.”

Y voy a terminar precisamente con una cita de Fidel, en un evento, en la Habana, en enero de 2003, dedicado al 150 aniversario del natalicio de Martí. Cuando todos los participantes angustiados, desesperados, le preguntaban qué hacer, qué se podía hacerle, Fidel les hizo una sola recomendación:

“Si algo me atrevo a sugerir a los ilustres visitantes aquí reunidos (dijo) sería lo que veo que ya están haciendo. No obstante, a riesgo de cansarlos me permito repetir y reiterar: frente a las armas sofisticadas y destructoras con que quieren amedrentarnos y someternos a un orden económico y social mundial injusto, irracional e insostenible: ¡sembrar ideas!, ¡sembrar ideas! ¡Y sembrar ideas!; ¡sembrar conciencia!, ¡sembrar conciencia! ¡Y sembrar conciencia!” Termina la cita.

Muchas gracias a todo, a nuestro Embajador, a los amigos de Suiza-Cuba, de Alba, Suiza, del movimiento de solidaridad, a los organizadores de este evento. Un fuerte abrazo de nuevo desde La Habana.

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